Congreso y Gobierno
El gobierno de De La Espriella enfrenta el desafío de construir una relación transparente con el Congreso, combatir la corrupción y gobernar sin mermelada.
Rodrigo Lara Sánchez
8/10/20262 min leer


Una vez posesionados los nuevos ministros del gobierno del presidente De La Espriella —todos del resorte del presidente y no de los partidos políticos ni de los clanes tradicionales—, y luego de su discurso de posesión, en el que una de sus principales banderas será la lucha contra la corrupción y el cambio en la forma de gobernar, surge una pregunta inevitable: ¿cuál será el manejo que tendrá el nuevo gobierno con el Congreso recién posesionado?
Y es que hay que decirlo con claridad: una parte importante de sus integrantes fueron elegidos después de campañas millonarias, en las que la compra de votos y el clientelismo fueron determinantes para alcanzar el triunfo. Ahora, muchos esperan recuperar, como ha ocurrido en el pasado, los recursos invertidos a través de los famosos cupos asignados a cada congresista y de las respectivas coimas derivadas de su “gestión”.
Esta práctica ha hecho parte de la historia política del país. Incluso estuvo presente en el gobierno anterior, que prometió romper con las viejas costumbres, pero que terminó enfrentando graves escándalos de corrupción. Varios de sus principales funcionarios y asesores terminaron involucrados en investigaciones y procesos judiciales, mientras salía a la luz un entramado que terminó por poner en entredicho buena parte de las promesas de cambio.
No será fácil la relación con el Congreso. No obstante, y en concordancia con lo prometido durante la campaña y reiterado en el discurso de posesión, los colombianos esperamos que la famosa “mermelada” llegue a su fin. Esto no significa que el Congreso deba quedar al margen de las decisiones del Gobierno, sino que la relación entre ambos poderes debe estar sustentada en la transparencia, el debate de las ideas y el interés general, y no en el intercambio de favores.
No basta con llegar al poder. Ahora es tiempo de gobernar, de cumplir lo prometido y de demostrar que valió la pena llegar hasta allí. Solo así este gobierno podrá pasar a la historia, no por las promesas de cambio, sino por haberlas convertido en una verdadera transformación de la manera de gobernar.
