El valor de una vida

El aumento del 100% en los homicidios del Huila no puede ser solo una estadística. Rodrigo Lara Sánchez reflexiona sobre la deshumanización de la violencia y el valor sagrado de la vida.

1/26/2026

El valor de una vida
El valor de una vida

No sé en qué momento, como sociedad en Colombia, dejamos de estremecernos frente a la muerte violenta. No sé cuándo el homicidio dejó de dolernos y pasó a convertirse en una noticia más, en un número más que escuchamos a diario mientras seguimos con nuestra rutina.

Hoy vemos cómo se apagan vidas todos los días y, con ellas, sueños, abrazos pendientes, palabras que nunca se dijeron. Y lo más doloroso es que ya no reaccionamos con indignación, sino con resignación. Nos hemos acostumbrado a una realidad que nos deshumaniza, donde el valor más sagrado —la vida— parece no valer nada.

Detrás de cada cifra hay una historia que se rompe para siempre. Hay familias que quedan marcadas por el dolor, padres que entierran a sus hijos, hijos que crecen sin madre o sin padre, hermanos que cargan ausencias que nadie repara. Tragedias que, además del duelo, se enfrentan a la indiferencia y a la sensación de que la justicia nunca llega, de que la muerte de un ser querido a nadie le importa.

El incremento del 100 % en los homicidios en el Huila durante solo el mes de enero es una muestra clara de esta realidad. Pero incluso eso, para muchos, no es más que un dato. Hemos normalizado la violencia, nos hemos vuelto insensibles, y con cada cifra aceptada perdemos un poco más nuestra humanidad y nuestra capacidad de solidaridad.

Vivimos adormecidos por el miedo, aislados, sin un verdadero sentimiento colectivo de defensa de la vida. Tal vez porque crecimos en medio de la violencia y aprendimos a sobrevivir, no a vivir.

Como sociedad tenemos la responsabilidad moral de no permitir que una muerte violenta sea solo un número más. Debemos volver a creer en los valores, en el respeto, en la tolerancia y en la solidaridad, enseñándolos desde el hogar, la escuela y cada espacio que habitamos. No podemos renunciar a la esperanza, porque el día que dejemos de creer que es posible cambiar, habremos perdido mucho más que la seguridad: habremos perdido el alma como sociedad.

Defendamos la vida. Promovamos una cultura de legalidad y respeto desde nuestro propio entorno. Porque de pequeños actos conscientes nacen los grandes cambios. Y porque sí, aunque a veces parezca difícil, todavía es posible.