La debacle del Fomag
Las cifras de la revisoría fiscal no son políticas, son hechos. Análisis al déficit de 3,2 billones del FOMAG, los fallos en medicamentos y la crisis administrativa que afecta a los docentes. ¿Quién responde?
Rodrigo Lara Sánchez
5/4/20262 min leer


Lo vendieron como el modelo a seguir, como la solución estructural a los problemas del sistema de salud. Hoy ese discurso se derrumba frente a una realidad inocultable: malos manejos, decisiones erráticas y un desorden administrativo que tiene al Fondo Nacional de Prestaciones Sociales del Magisterio (FOMAG) al borde del colapso. Ahora, como suele ocurrir, los responsables intentan lavarse las manos y trasladar la culpa.
El Fomag acumula un déficit de 3,2 billones de pesos. No es una cifra menor: es una bomba financiera que amenaza directamente la atención en salud de cientos de miles de maestros en Colombia. Bajo la administración de la Fiduprevisora y la dirección del Gobierno Nacional, el fondo se ha convertido en sinónimo de ineficiencia, opacidad y presuntos manejos irregulares que ya han sido denunciados públicamente.
Los hechos son graves. Se reportan pagos irregulares en primas a 42.000 maestros que no tenían derecho a recibirlas, fallas sistemáticas en la entrega de medicamentos y demoras inaceptables en la prestación de servicios. La revisoría fiscal ha advertido lo que ya resulta evidente: falta de justificación en el gasto de 1,8 billones de pesos, ausencia de controles efectivos y serias deficiencias en la información financiera, especialmente tras la implementación del nuevo modelo en 2025.
Pero detrás de las cifras hay personas. Son los maestros y sus familias quienes enfrentan las consecuencias: negación de servicios, interrupciones en tratamientos y traslados forzados entre instituciones de salud que se niegan a seguir atendiendo por falta de pago.
Y mientras el fondo se hunde, la respuesta institucional resulta, por decir lo menos, alarmante. El Gobierno tendrá que asumir el costo de este desastre si pretende evitar un colapso total. Entretanto, los responsables parecen moverse en un terreno de impunidad. Más preocupante aún es que quien hoy debe dar explicaciones frente a estos hechos —el nuevo superintendente de salud— esté imputado por corrupción. La imagen es inevitable: el ratón cuidando el queso.
Este no es un error menor ni un tropiezo administrativo. Es el reflejo de una gestión que prometió cambio y hoy entrega incertidumbre, desorden y desconfianza. Como en tantos otros escándalos, el riesgo no es solo el daño causado, sino que todo termine, una vez más, en el silencio y la impunidad. Bienvenidos al cambio.
