Tragedia tras tragedia

La masacre del Cauca es el reflejo de una violencia estructural que golpea a múltiples regiones de Colombia (Caquetá, Meta, Huila, Putumayo, Nariño, Valle, Chocó, Antioquia, Arauca y Catatumbo), atravesadas por economías ilícitas como el narcotráfico y la minería ilegal. En este post Lara Sánchez plantea dos tesis centrales: la pobreza y el abandono estatal como caldo de cultivo.

4/27/20262 min leer

Tragedia tras tragedia
Tragedia tras tragedia

Qué tragedia la que vive hoy el departamento del Cauca. Lo sucedido este fin de semana en la vía Panamericana, donde estructuras armadas ilegales al mando de alias “Iván Mordisco” perpetraron un nuevo acto terrorista que cobró la vida de cerca de 20 personas y dejó decenas de heridos, es una muestra más del fracaso de la llamada “Paz Total”, una política cuestionada desde su inicio y que, para muchos, nunca produjo resultados concretos ni compromisos reales por parte de los grupos armados.

Lo que ocurre en el Cauca es el reflejo de una realidad que también golpea a muchas otras regiones del país, donde no existe verdadera paz ni tranquilidad y donde los ciudadanos viven atemorizados y sometidos por el actuar de organizaciones violentas. El Cauca es hoy el espejo de lo que sucede en Caquetá, Meta, Huila, Putumayo, Nariño, Valle del Cauca, Chocó, Antioquia, Arauca y el Catatumbo, territorios históricamente afectados por economías ilícitas como el narcotráfico y la minería ilegal.

Difícilmente el Cauca podrá superar esta situación mientras persistan las profundas condiciones de pobreza, abandono estatal y falta de oportunidades que durante décadas han marcado a la región. Sin embargo, tampoco puede el Estado doblegarse ante los violentos ni renunciar a su obligación constitucional de garantizar el control territorial y la seguridad de los ciudadanos. Esa responsabilidad no puede ser reemplazada por acuerdos improvisados o negociaciones sin resultados claros que, como muchos consideran ocurrió en el Cauca, terminaron fortaleciendo a las estructuras criminales.

Hoy el dolor embarga a cientos de familias caucanas. Tristeza por las víctimas, por quienes perdieron la vida y por quienes hoy acompañan a sus seres queridos heridos tras este horrible atentado. Tristeza por un Cauca que parece no encontrar el final de una violencia que durante años ha golpeado especialmente a las familias más humildes.

Ojalá Colombia tenga en el futuro un gobierno que comprenda verdaderamente las necesidades del Cauca. Un gobierno que no aparezca únicamente después de los atentados, sino que trabaje de manera permanente por resolver las profundas problemáticas sociales que vive el departamento. Solo con inversión social, presencia institucional, oportunidades para las comunidades y una política de seguridad seria será posible resistir el daño que décadas de abandono y violencia han dejado sobre el Cauca y sobre muchas otras regiones de Colombia.